Los estudios sobre (des)cortesía y actividades de imagen en las redes sociales: notas para un estado de la cuestión.

Mancera Rueda, A. (2015). Los estudios sobre (des)cortesía y actividades de imagen en las redes sociales: notas para un estado de la cuestión. Textos en Proceso 1, pp. 50-70. DOI: 10.17710/tep.2015.1.1.3man ISSN 2001967X


DOCUMENTO DE TRABAJO

Los estudios sobre (des)cortesía y actividades de imagen en las redes sociales: notas para un estado de la cuestión

Studies on (im)politeness and facework on social networks: some remarks towards a state of the art

Ana Mancera Rueda



Resumen

En este artículo realizamos una breve revisión bibliográfica sobre las investigaciones surgidas en los últimos años acerca de la (des)cortesía y de las actividades de imagen que se llevan a cabo en las redes sociales. Para ello analizamos cómo han sido estudiados los principales ámbitos identificados por Spencer-Oatey (2000) en su modelo para la gestión interrelacional, es decir, el ámbito ilocutivo, el participativo, el estilístico y el discursivo. Esto nos permitirá demostrar cómo las redes sociales propician el surgimiento de nuevos cauces de interacción a través de la comunicación mediada por ordenador, que no han pasado desapercibidos para los analistas del discurso.  

Palabras clave: (des)cortesía, actividad de imagen, redes sociales, discurso mediado por ordenador

Abstract

This article is a brief literature review about the research that has emerged in recent years concerning (im)politeness and facework strategies carried out in social networks. We have analyzed how the key areas identified by Spencer-Oatey (2000) in her rapport management model have been studied: the illocutionary, the participatory, the stylistic and the discursive scopes. It will allow us to demonstrate how social networks promote the emergence of new channels of interaction through computer-mediated communication which have been pointed out by researchers in discourse analysis.

Keywords: impoliteness, facework, social network, computer-mediated discourse

 

Ana Mancera Rueda, Universidad de Sevilla, anamancera@us.es

Recibido: abril 2015 / Aceptado: octubre 2015   

 

 

1. Introducción: ¿La vida sin red?

El 9 de septiembre de 2008, a raíz del décimo aniversario del nacimiento de Google, el periodista J. Varela iniciaba una entrada en su blog con la siguiente pregunta: “¿Recuerdas la vida sin Google?”. De manera similar, hoy podríamos plantearnos cómo las redes sociales han cambiado nuestras rutinas. Es probable que este ejercicio –memorístico para unos e imaginativo para otros– nos lleve a acordarnos de las viejas libretas de teléfonos en las que anotábamos las direcciones y las fechas de cumpleaños de familiares y amigos, o de las agendas de contactos profesionales que se complementaban con los tarjeteros y “se convertían en el rastro de antiguos clientes, proveedores, colegas, gentes conocidas en eventos, viajes y ferias. Hubo una época, no tan lejana, en la que se afirmaba que un periodista valía lo que valía su agenda” (Orihuela, 2008).

Sin embargo, actualmente, muchas de estas agendas han dejado de ubicarse en soportes físicos para quedar alojadas en el espacio virtual que constituye internet. Y son nuestros contactos los que se encargan de actualizar sus propios datos, una aplicación informática nos recuerda sus fechas de cumpleaños o nos permite conocer a otras personas con intereses similares a los nuestros y compartir con ellos fotografías, videos, experiencias u opiniones de todo tipo. Según Whalter y Parks (2002), las opiniones de los contactos de un usuario en una red social ejercen un considerable efecto en su validación ante los otros. Papacharissi (2010, pp. 304-305) llega incluso a hablar de una “identidad distribuida”, cuya representación gira en torno a la propia agenda de contactos “que se utilizan para autentificar e introducir al yo en un proceso reflexivo de asociación ágil con círculos sociales. Así, la identidad individual y la colectiva se presentan y potencian simultáneamente”. De ahí que Caro (2012) retome la conocida noción del yo co-construido para definir la identidad en el entorno digital y subrayar la centralidad de la interacción en este contexto. Además, como explica Yus (2007, p. 18), “dentro de la comunidad, las personas pueden negociar su imagen del grupo con los demás, lo que se ha bautizado como yo en el espejo (looking-glass self)”. 

Las redes sociales virtuales se caracterizan por permitir a sus usuarios la creación de perfiles personales con diferentes grados de privacidad y administrar conexiones entre dichos perfiles, que permitan localizar a otros internautas dentro de tales redes (boyd[1] y Ellison, 2008). De ahí que estén comenzando a suscitar el interés de los analistas del discurso, por las actividades de autoimagen que tienen lugar en su seno. Por ejemplo, De Andrea, Shaw y Levine (2010) han estudiado la conceptualización de la identidad del individuo que se lleva a cabo en Facebook y Papacharissi y Oliveira (2012) se han interesado por el análisis de cómo se lleva a cabo la expresión de las emociones en Twitter. Aunque, hace ya un lustro Locher (2010, p. 3) advertía de que

the majority of texts published on computer-mediated communication to date have not focused on politeness or impoliteness issues per se. In many instances, researchers have also mainly employed Brown and Levinson’s (1987 [1978]) model to discuss the character of face-threatening instances. 

Por fortuna, esta situación ha ido cambiando paulatinamente y hoy son cada día más numerosos los trabajos que analizan las actividades de imagen o facework (Goffman, 1959 [2006], 1967) y las manifestaciones de (des)cortesía[2] que pueden darse en la comunicación mediada por ordenador y, de manera más específica, en las redes sociales.

2. Enfoques teóricos

La mayoría de los estudios sobre las actividades de imagen desarrolladas en las redes sociales parte del concepto de face de Goffman (1959 [2006], p. 5), entendido como “the positive social value a person effectively claims for himself by the line others assume he has taken during a particular contact. Face is an image of self-delineated in terms of approved social attributes”.

Este autor concibe toda interacción social desde una perspectiva dramatúrgica, en virtud de la cual el individuo muestra en su relación con los demás una fachada social que modifica en función de la situación comunicativa en la que se encuentra. Por lo tanto, la noción de face posee un carácter público e interpersonal ya que, como explica Bravo (2005), el individuo lleva a cabo actividades de imagen (face work) con el fin de lograr que su conducta resulte consistente con su imagen propia, o para contrarrestar acciones que puedan implicar una amenaza para ella. Por eso, es frecuente el desarrollo de estrategias para influir en la visión que el álter tiene del ego (Zimmermann, 2005). De hecho, en la imagen confluyen el autorrespeto y la consideración para mantener tanto la imagen propia como la de los otros (Fuentes, 2010)[3]. Esto es especialmente relevante en las redes sociales, como han puesto de manifiesto Zhao, Grasmuck y Martin (2008) en una investigación sobre las manifestaciones de la identidad etno-racial en Facebook. Cfr. también los trabajos de Ross et alii (2009), Kim (2009), Di Próspero (2011) o Rosenberg y Egbert (2011) sobre esta plataforma y los estudios de Papacharissi (2012) acerca de un corpus de mensajes de Twitter, entre otros.

Tradicionalmente, la cortesía se ha abordado como un fenómeno cuya finalidad última es la de evitar ofender al interlocutor (Lakoff, 1973), basado en una serie de principios que regulan la conversación (Leech, 1983) y el denominado contrato conversacional (Fraser, 1980, 1990; Fraser y Nolen, 1991), o como un mecanismo encaminado a salvar de posibles amenazas a la imagen (Brown y Levinson, 1978 [1987]). Precisamente una de las críticas que suelen hacérsele al modelo desarrollado por estos últimos autores mencionados –además de su etnocentrismo cultural– es su visión pesimista de la interacción humana, ya que solo tienen en cuenta la función mitigadora o reparadora de la cortesía. Sin embargo, como advierten Leech (1983) o Lavandera (1988), es posible identificar actos corteses en los que no tienen lugar amenazas. De hecho, Kerbrat-Orecchioni (2000) menciona los agradecimientos o los cumplidos como ejemplos de un tipo de actos de habla halagadores de la imagen positiva del destinatario. Basándose en este enfoque, Vivas (2014) ha constatado cómo en numerosos perfiles de Facebook se da un claro predominio de actos de habla ritualizados que pueden entenderse como manifestaciones de cortesía directa. Además, abundan en esta red social las estrategias de cortesía valorizadora que se concretan en expresiones de acuerdo e interés, así como en bromas afiliadoras. También en las interacciones que algunos periodistas españoles mantienen con sus seguidores en Twitter predominan las manifestaciones de acuerdo que redundan en la llamada cortesía de solidaridad[4], de tal forma que la imagen de estos “líderes de opinión” se ve reforzada –ya sea de manera directa o indirecta–, al tiempo que los internautas exhiben una pretendida familiaridad con ellos, lo que contribuye a potenciar su necesidad de afiliación (Mancera, 2014).

No faltan tampoco los trabajos que, partiendo de los planteamientos de Watts (2003, 2008), Locher (2004), Locher y Watts (2005), Arundale (2006) o Spencer-Oatey (2000), se centran de manera especial en la gestión de las interacciones sociales mediante actividades destinadas a mantener, realzar, amenazar o descuidar las buenas relaciones. Cfr. por ejemplo las investigaciones de Miller (2008), Zhao y Rosson (2009), Garcés-Conejos, Lorenzo-Dus y Bou-Franch (2013), West y Trester (2013), Santamaría (2013a, 2013b), Bedijs, Held y Maass (2014) o Locher y Bolander (2015), además de otros muchos.  

A pesar del carácter virtual del discurso mediado por ordenador y del anonimato en el que tienen lugar muchos de los intercambios en las redes sociales, estos se han convertido en corpus sumamente prolíficos para el estudio de las interacciones comunicativas desde un enfoque sociopragmático. Aunque, como hace notar Herring (2001, p. 613), no deja de constituir una paradoja el hecho de indagar sobre las actividades de imagen que tienen lugar en formas de comunicación que se caracterizan precisamente por su transmisión incorpórea (“faceless and bodiless”). Si bien, como ha demostrado Díaz Pérez (2012, p. 477), entre las claves que favorecen la violencia en una red social como Twitter se encuentran la fácil exposición de los usuarios a la ofensa verbal, la desinhibición del emisor para manifestar cualquier opinión destructiva al amparo de la privacidad y el anonimato, y la invisibilidad virtual del agredido, cuya figura, en consecuencia, queda de alguna manera difuminada y, por tanto, el efecto de la agresión se minimiza.

De acuerdo con Kaul y Cordisco (2014, p. 159), el carácter virtual propicia los comportamientos descorteses en este tipo de entornos, ya que al carecer los individuos de las restricciones coercitivas que rigen en la interacción cara a cara, estos, “confiados a identidades digitales y expuestos a relaciones momentáneas, expresan actitudes de distancia emocional y confrontación”. Acosta (2012), valiéndose de los postulados del análisis crítico del discurso y de la teoría de la enunciación, ha demostrado cómo esto es especialmente constatable en el discurso político que puede encontrarse en algunos perfiles de Facebook. También Mancera y Pano (2013), por medio de un estudio pragmalingüístico, han identificado los recursos más utilizados por periodistas y ciudadanos en Twitter para desprestigiar a los políticos en el período de campaña electoral y restar legitimidad al discurso de quienes pertenecen al exogrupo, entendiendo como tal al conformado por aquellos usuarios de ideología contraria, lo que confirma una vez más la capacidad de polarización de la opinión en esta red social. Y Garcés-Conejos (2010) ha llegado a hablar de la “youtubificacion” de la política como procedimiento para ejercer la crítica ciudadana por medio de esta red social.

3. Ámbitos de estudio

Hemos considerado útil realizar una clasificación de los trabajos recopilados atendiendo a los principales ámbitos identificados por Spencer-Oatey (2000) en su modelo para la gestión interrelacional (rapport management)[5], es decir, el ámbito ilocutivo, el participativo, el estilístico y el discursivo. Dada la naturaleza de los estudios que vamos a mencionar, basados fundamentalmente en el análisis de corpus textuales extraídos de las redes sociales, omitiremos las referencias al ámbito no verbal.

3.1. El ámbito ilocutivo

Entre los estudios dedicados al análisis de la (des)cortesía con respecto a la realización lingüística de diferentes actos de habla, destaca la investigación llevada a cabo por Maíz-Arévalo (2013) sobre el uso de cumplidos en Facebook. En concreto, este estudio indaga sobre cómo los internautas españoles responden a aquellos cumplidos que se les dirigen a través de dicha red social. Hasta ahora, las investigaciones sobre tales actos de habla se habían limitado a la comunicación cara a cara[6], de ahí el indudable interés que suscita el artículo de esta autora, que compara los resultados obtenidos tras el análisis de un corpus de interacciones conversacionales con los que se desprenden de los intercambios en línea. A su juicio, aspectos como la asincronía de estos mensajes, la carencia de información no verbal o la inexistencia de una elevada intimidad entre los usuarios de Facebook condicionansu respuesta a los cumplidos. Además, a diferencia de lo que sucede en la comunicación cara a cara, en la que la reacción a este tipo de halagos puede limitarse al sonrojo del rostro de su destinatario, en internet todas las respuestas son necesariamente intencionales. Y, aunque en las interacciones conversacionales la omisión de respuesta ante un cumplido suele considerarse una muestra de descortesía o un fracaso en la comunicación, en Facebook puede interpretarse como un efecto del carácter asíncrono del canal el hecho de que el destinatario de tal halago no conteste a quien se lo dirija. Algo muy frecuente, especialmente en el caso de aquellos usuarios que no se conectan a esta red social de manera muy asidua.

Complementario de la investigación anterior puede considerarse este otro trabajo de Maíz-Arévalo y García-Gómez (2013), de carácter contrastivo, pues compara la distinta frecuencia de uso y la manera en que internautas ingleses y españoles se sirven de los cumplidos para afianzar sus relaciones sociales en Facebook. También Placencia y Lower (2013) han analizado la presencia de tal clase de halagos en los mensajes publicados por usuarios norteamericanos en el muro de un amigo o familiar, constatando que no existe lo que podría denominarse una relación de reciprocidad en la interacción. Es decir, que no todos los amigos de un usuario de esta red social suelen dirigir cumplidos hacia cada una de las fotografías colgadas por este en su perfil. No en vano, algunos internautas publican decenas de imágenes con una frecuencia diaria, de ahí que limitarse a marcar la opción de “Me gusta” para mostrar una retroalimentación positiva respecto a estas suponga la alternativa que implique un mayor ahorro de tiempo. De hecho, esto podría considerarse una formulación de cumplidos de manera simplificada, susceptible de integrarse entre las expresiones de cortesía formulaica. Dejando a un lado tal particularidad inherente al dispositivo empleado, estas autoras, al analizar la verbalización de los elogios por parte de los usuarios de Facebook, han advertido una mayor preferencia por las formas directas y una elevada presencia de realizaciones elípticas. Esto podría atribuirse a la inmediatez comunicativa y a la informalidad propiciada por el canal, así como al elevado flujo de intercambios que se dan entre un usuario y su red de contactos.   

Los halagos pueden convertirse además en actos de habla encaminados a ensalzar la propia imagen cuando el emisor los dirige hacia sí mismo, si bien en numerosos casos esto provoca el efecto contrario, al producirse una violación de la máxima de modestia (Leech, 1983, p. 132) o un acto de amenaza a la imagen por medio del cual el emisor manifiesta escaso interés por los sentimientos de su interlocutor (Brown y Levinson, 1978 [1987], p. 67). Cabría preguntarse entonces por qué los usuarios de las redes sociales hacen uso de tales “auto-elogios”, a pesar de su naturaleza indeseable. Dayter (2014) ha puesto de manifiesto cómo es frecuente que estos acompañen a hipervínculos que conducen a fotografías personales, como parte de la construcción de una narrativa autobiográfica que el emisor percibe más como un acto de divulgaciónde su intimidad encaminado a fortalecer su imagen positiva que como signo de jactancia. 

Twitter también ofrece a las empresas un entorno propicio para fortalecer su relación con el cliente y mejorar su reputación de cara a potenciales compradores. De ahí que sea un instrumento cada vez más utilizado por los departamentos de atención al cliente por ejemplo, para pedir disculpas por un mal servicio. Tras analizar un corpus de más de un millar de disculpas sirviéndose de la clasificación de este tipo de actos de habla llevada a cabo por Blum-Kulka, House y Kasper (1989), Page (2014) ha concluido que los tuits destinados a dar explicaciones como forma de mitigación son menos frecuentes que aquellos que incluyen ofertas de reparación a modo de acción correctiva para mejorar la imagen de la compañía.

3.2. El ámbito participativo

Dentro de este ámbito, Spencer-Oatey (2000) incluye todos aquellos aspectos relacionados con la toma y el intercambio de turnos, la alusión a las personas implicadas en el discurso y las respuestas verbales o no verbales del enunciatario. Según López Sobejano (2012, p. 170), en las redes sociales se producen “conversaciones multifuente –de varios usuarios– que no necesariamente comparten tiempo ni momento de incorporación y que pueden utilizar varios entornos en una misma charla”. Especialmente en Twitter, uno de cuyos principales logros es, de acuerdo con Honeycutt y Herring (2009), que promueve la conversación y la colaboración[7]. De ahí que algunas investigaciones se hayan centrado en el análisis de los aspectos enunciativos que esta red social comparte con la interacción coloquial más prototípica. No en vano, Únete a la conversación es el lema que desde 2006 ha permitido a Twitter atraer a más de doscientos millones de internautas de todo el mundo, quienes publican diariamente cerca de quinientos millones de mensajes –denominados tuits– en esta red de microblogging. También a juicio de boyd, Golder y Lotan (2010), Twitter incide en las dinámicas sociales favoreciendo una “ecología conversacional” propiciada por la interacción pública de voces. Y es que, según Orihuela (2011, p. 21), esta plataforma permite a millones de personas y organizaciones “conversar sobre las cosas que les importan”. Especialmente para hablar sobre sus actividades diarias y compartir información, como han puesto de relieve Java et al. (2007) en su estudio sobre los distintos tipos de usuarios y las comunidades que se crean a través de esta red social. No en vano, de acuerdo con Marwick y boyd (2011), Twitter favorece la conversación global permitida por la toma y alternancia de turnos. De hecho, el uso de la arroba seguida por el nombre del usuario al que se desea apelar cumple lo que Lara (2012) identifica como una “función dialógica”.  

Pano y Mancera (2014a) entienden el tuit como una intervención, en el sentido que proponen Cortés y Camacho (2005, p. 22), esto es, como unidad de participación que tanto el autor como el lector perciben como conclusa, en el que se integran las unidades básicas de procesamiento y que puede coincidir o no en sus límites con un enunciado. En los tuits intercambiados entre ciudadanos y parlamentarios españoles pueden identificarse “distintos actos, que no solo dotan de información textual e interactiva a las intervenciones, sino que también funcionan aisladamente en ese contexto, amén de presentar una estructura independiente” (Pano y Mancera, 2014a, p. 255). Dos intervenciones sucesivas de distintos emisores, una de inicio y otra de reacción, constituyen un intercambio. El límite de dicha unidad coincide, pues, con el final de la intervención reactiva y está marcado por el cambio de papeles comunicativos: emisor-receptor, de modo que para que haya diálogo tiene que haber al menos dos participantes que intercambien los papeles comunicativos (Briz, 2007). Para Pano y Mancera (2014a, p. 257), muchos de los intercambios que se producen en el discurso de diputados y senadores en Twitter “son prototípicos, es decir, presentan la estructura del denominado par adyacente, sobre todo del tipo pregunta-respuesta o aserción-acuerdo/desacuerdo, en los que las intervenciones de inicio y de reacción manifiestan una relación de pertinencia condicional” (Gallardo, 1996). De hecho, es frecuente que a las intervenciones de inicio que contienen actos directivos –por ejemplo preguntas o peticiones– o asertivos –como declaraciones o informaciones– sigan reacciones que suelen comentar o valorar dicha información. Además, los internautas en Twitter se sirven de muchos de los marcadores identificados por Cortés y Camacho (2005) como característicos del discurso oral, ya sea desde una óptica textual o interactiva. Así, en los tuits pueden encontrarse unidades que actúan como marcadores textualeso indicadores de los avatares del tema en su establecimiento, desarrollo, variación y cierre, y que actúan además como señales de articulación de microactos, actos, macroactos, enunciados y secuencias. Por otra parte, proliferan también los marcadores interactivos similares a los que abundan en la conversación prototípica, cuyo papel no consiste tanto en relacionar unidades discursivas, como en mostrar las repercusiones de lo aseverado en el ánimo de los interlocutores, orientando al oyente sobre las inferencias que debe realizar en virtud de las relaciones socioafectivas que mantiene con el hablante. Por ejemplo, las ideas y emociones que la mente del hablante vincula con el tema o el subtema del intercambio comunicativo, como las sugeridas por el uso de la unidad interjectiva joder, utilizada por un ciudadano para mostrar su estupor y su rechazo ante la información difundida por un diputado. O los operadores modales asertivos por supuesto, bien, o claro, que suelen introducir intervenciones reactivas con las que se manifiesta acuerdo hacia los puntos de vista del otro, actuando como instrumentos que sirven a una estrategia de cortesía positiva. En los tuits pueden localizarse incluso marcadores como¿no?, ¿verdad? o ¿sabes?, que suelen utilizarse en la conversación a modo de muletillas, elementos de apoyo y engarzadores del discurso (Fuentes, 1995). En los mensajes de Twitter se recurre a este tipo de unidades en enunciados de carácter dialógico con los que se busca comprobar la adhesión de otros internautas a los planteamientos expuestos, o el reconocimiento de una aserción previa.

Por otra parte, el estudio de los intercambios en Youtube recientemente está suscitando un gran interés en los analistas del discurso mediado por ordenador, que comparan la estructura de estos polílogos con la de las interacciones conversacionales. Cfr. en este sentido los trabajos de Harley y Fitzpatrick (2009), Jones y Schieffelin (2009), Frobenius (2011, 2014), Paparacharissi (2011) o Dynel (2014), entre otros. Aunque mayor interés para el propósito de esta breve revisión bibliográfica guardan las investigaciones de Lorenzo-Dus (2009), Garcés-Conejos (2010) y Lorenzo-Dus, Garcés-Conejos y Bou-Franch (2011) o Bou-Franch, Lorenzo-Dus y Garcés-Conejos Blitvich (2012), que analizan las manifestaciones de descortesía en los comentarios de los vídeos difundidos a través de dicha red social[8]. A diferencia de los estudios sobre la (des)cortesía, comúnmente centrados en las interacciones dialógicas que se desarrollan cara a cara, estas investigaciones tienen en cuenta cómo la carencia de presencia física y el anonimato favorecen una comunicación más desinhibida, en la que predomina una descortesía descarnada (bald on record impoliteness), de realización intencional, directa y sin ambigüedades (Culpeper, 1996).

3.3. El ámbito estilístico

Dentro de esta categoría Spencer-Oatey (2000) incluye aquellos trabajos que se centran de manera especial en aspectos estilísticos de la interacción comunicativa, como son el tono (ya sea serio o jocoso) o la selección de formas de tratamiento en virtud de las relaciones de solidaridad o de distanciamiento.

Con respecto al tono, recientemente están surgiendo una serie de investigaciones sobre el uso afiliativo del humor en las redes sociales, como instrumento para fomentar la cohesión del endogrupo (Van Dijk, 1997) y la identidad relacional, en contraste con las características asociadas al exogrupo. Por ejemplo, Moalla (2015) analiza un corpus de 195 chistes publicados en Facebook a raíz de la denominada Revolución tunecina. Según demuestra esta autora, entre 2010 y 2011 muchos internautas de este país se valieron de enunciados humorísticos basados en la intertextualidad y en la incongruencia semántica de guiones para ridiculizar al presidente Ben Ali y fomentar la oposición hacia su gobierno autocrático.

También Locher y Bolander (2015), sirviéndose del análisis pragmático de la comunicación interpersonal y del estudio de cómo se lleva a cabo la construcción de la identidad a través del lenguaje, han constatado que, con frecuencia, los grupos de amigos en Facebook explotan distintas estrategias lingüísticas de carácter humorístico para construir una identidad común.

Asimismo, Pano y Mancera (2014b) estudian desde una perspectiva pragmalingüística medio centenar de cuentas parodia creadas en Twitter por internautas anónimos, con el fin de suplantar la identidad de un personaje de relevancia pública en la sociedad española. Estos perfiles se sirven del humor verbal generado por procedimientos pragmáticos de contraste o de negación indirecta que infringen los principios que gobiernan la comunicación bona fide (Attardo, Hempelmann y Di Maio, 2002). Además, mediante la ironía, el sujeto parodiante hace patente su actitud crítica respecto a la personalidad y al universo de discurso del individuo parodiado. Adoptando el enfoque dramatúrgico planteado por Goffman (1959 [2006]), estas autoras concluyen que los autores de tales tuits representan un papel ante una audiencia, la conformada por sus seguidores, pues el marco –o frame, como lo denomina Goffman (1974)– desde el que elaboran esa identidad ficticia los lleva a presentarse con los atributos del “yo” al que se imita, algo que otorga mayor repercusión a sus mensajes y les permite incrementar el número de adeptos.

Por otra parte, Lönnqvist et al. (2014) han advertido diferencias estilísticas en cuanto al uso de Facebook atendiendo al sexo, lo que incide en el grado de difusión de un determinado perfil –contabilizado en función del número de amigos– y en la transitividad en la relación que se establece entre estos. También han sido estudiadas desde esta perspectiva las interacciones en otras redes sociales como MySpace (Van Doorn, 2010) y la plataforma china Sina Weibo (Zhang y Kramarae, 2014).

La presencia de disfemismos en este tipo de comunicación virtual es vista por Díaz Pérez (2012) como una muestra de la voluntad de estilo de los internautas. De hecho, para Garrido Medina (1997) el estilo guarda una estrecha relación con ciertos aspectos implícitos en el uso eufemístico o disfemístico, como la connotación, la expresión de actitudes o la subjetividad del emisor. En las redes sociales es frecuente que la descortesía no cumpla una función primaria hostil, sino de carácter lúdico, utilizada de manera estratégica para lograr una mayor popularidad. A esto contribuyen recursos como la lexicogénesis por derivación –mediante sufijos peyorativos– o la composición motivada por el cruce de palabras, los acortamientos, las asociaciones paronímicas, la dilogía y la rima con fines humorísticos, además de ofensivos. Pero, a juicio de Díaz Pérez (2014, p. 95), “el hecho de que la forma de la expresión hostil esté tan presente en el estilo de un emisor determinado impediría que pudiera considerarse completamente como grave ofensa”. Por el contrario, este autor lo atribuye a un afán de elaboración ingeniosa que condiciona la fidelidad de sus seguidores.

Distinta es la investigación llevada a cabo por Dynel (2012), acerca de la (des)cortesía que conlleva el uso de palabrotas en los comentarios publicados en Youtube. Este estudio da cuenta de la naturaleza y de las funciones de tal tipo de palabras tabú en los mensajes de internautas que se escudan en el anonimato. Al igual que en las interacciones conversacionales, en muchos casos su presencia en las redes sociales conlleva agresividad verbal o exhibición de poder[9]. Sin embargo, en otras ocasiones estos expletivos se convierten en señas de identidad de una comunidad de práctica electrónica y fomentan la solidaridad entre sus integrantes, que hacen gala de un cierto sentido del humor. Por tanto, podríamos atribuir este comportamiento a una estrategia de anticortesía[10].

3.4. El ámbito discursivo

A continuación mencionaremos aquellos trabajos que guardan vinculación con aspectos relacionados con el contenido discursivo y la estructura informativa de los mensajes que se intercambian en las redes sociales. Por ejemplo, en los últimos años han proliferado diversos estudios que analizan el uso de los hashtag –o etiquetas– en Twitter. En realidad, el empleo de las etiquetas no es exclusivo de esta red social, sino que existen otras plataformas de comunicación digitales que también las utilizan. De hecho, como explica Menna (2012), la almohadilla fue utilizada por primera vez con una intencionalidad similar a aquella con la que hoy se usa en Twitter en los chats, donde servía para identificar canales y temas de carácter global –frente a aquellos de alcance local, que se marcaban con el símbolo &–. Actualmente, en la Web 2.0 los usuarios se sirven del signo # para indicar metadatos, es decir, elementos capaces de proporcionar información adicional a un mensaje, facilitando así su clasificación.

La mayoría de las investigaciones sobre el uso de los hashtags en Twitter recurren a procedimientos estadísticos que se limitan a identificar de manera automática el contenido de los tuits que utilizan una misma etiqueta (Dann, 2010), el género al que pertenecen (Shaffer, Freund y Welch, 2013) o el grado de difusión de un determinado tema (Chew y Eysenbach, 2010; Romero, Meeder y Kleinberg, 2011). En algunos casos se mencionan también las innovaciones lingüísticas que estas etiquetas conllevan (Cunha et alii 2011) y en qué medida estas contribuyen a la difusión de nuevas ideas (Tsur y Rappoport, 2012). Aunque tales trabajos aportan datos interesantes sobre los aspectos propiamente lingüísticos de los hashtags, como sus rasgos gramaticales, su posición en el tuit o su valor semántico, estos se consideran solo variables estadísticas para investigar otras cuestiones[11]. Más interés para el propósito de estas páginas guardan los estudios de Zappavigna (2011, 2012) quien, utilizando como marco de referencia el enfoque proporcionado por la Lingüística sistémico funcional –que toma en consideración el uso de la lengua en su contexto social–, explora cómo esta convención tipográfica extiende el significado potencial de un mensaje, permitiendo la creación de un ambiente de afiliación entre aquellos usuarios que “conversan” sobre un mismo tema. Por tanto, además de como hiperenlace interactivo, actúa también como mecanismo de búsqueda, ya que la recopilación de todos los tuits que poseen una misma etiqueta permite consultar la miríada de contenidos y opiniones generadas en torno a un determinado asunto. Esto es de gran relevancia para el estudio de la repercusión en esta red social del discurso publicitario (Page, 2012) y, especialmente, del discurso político (Parmelee y Bichard, 2012; Pérez Fumero,  2013; Mancera y Helfrich, 2014; Mancera y Pano, en prensa), lo que ha llevado a Davis (2013) a hablar de la “revolución polifónica de #Twitter”.

4. Conclusión

Con estas breves notas hemos tratado de ofrecer una panorámica –lo más amplia posible, aunque sin pretensión de exhaustividad– de las investigaciones surgidas en los últimos años en torno a las actividades de imagen y a las manifestaciones de (des)cortesía que pueden encontrarse en las redes sociales. Sin embargo, dada la velocidad con la que se suceden los cambios tecnológicos en la Web 2.0, es de esperar que próximamente surjan otros dispositivos que den lugar a nuevas formas de comunicación mediada por ordenador y reduzcan –aún más si cabe– los “seis grados de separación”[12] que supuestamente existen entre cada persona del planeta. Aunque es posible que para entonces muchos internautas sintamos añoranza al recordar la candidez de nuestras viejas agendas “analógicas”.

 

Notas

[1] Esta investigadora escribe su nombre en minúsculas, por razones personales y políticas que describe en: <http://www.danah.org/name.html> (06-02-2015).

[2] Aunque tanto Brown y Levinson (1978 [1987]) como Leech (1983) ven en la cortesía un procedimiento dirigido a evitar los ataques a la imagen mediante actos de habla susceptibles de amenazarla (face threatening acts), no necesariamente todas las actividades de imagen se encuentran dentro de la dimensión de la cortesía. Para Bravo (2005), la cortesía es una actividad comunicativa cuya finalidad radica en tratar de quedar bien con el otro. Sin embargo, las actividades de imagen pueden tener otros propósitos, como los de crear, dar o darse imagen. Por tanto, trascienden las actividades de cortesía, aunque con frecuencia conllevan repercusiones en el discurso vinculadas con ella.

[3] No obstante, como advierten Bucholtz y Hall (2005), Spencer-Oatey y Ruhi (2007) o Spencer-Oatey (2007), entre otros, los conceptos de face e identity distan mucho de ser equivalentes.

[4] Aunque, como hace notar Yus (2001, p. 218), la cibercortesía o cortesía en la red es básica para mantener las relaciones interpersonales en internet dentro de los cauces aceptables, esta es complicada, ya que las personas pertenecen a veces a culturas y a comunidades de habla diferentes.

[5] Cfr. también Placencia (2008).

[6] Cfr. por ejemplo los trabajos de Knapp, Hopper y Bell (1984), Kerbrat-Orecchioni (1987), Herbert (1989), Chen (1993), Golato (2002), entre otros muchos, o los de Valdés y Pino (1981), Placencia y Yépez (1999) o Placencia (2011), centrados en el ámbito hispánico.

[7] “The findings reveal that despite a ‘noisy’ environment and an interface that is not especially conducive to conversational use, short, dyadic exchanges occur relatively often, along with some longer conversations with multiple participants that are surprisingly coherent. These conversations are facilitated in large measure by use of the @ sign as a marker of addressivity (i.e., to direct a tweet to a specific user) and the ability to ‘follow’ other users, which aid users in tracking conversations” (Honeycutt y Herring, 2009).

[8] Aunque según los resultados del “II estudio para las redes sociales IAB Spain”, solo el 3% de los usuarios considera Youtube una red social, coincidimos con Espel (2010) en que esta plataforma para compartir vídeos presenta características similares a las de las redes sociales, ya que permite introducir comentarios e incluso registrarse como usuario y crear un canal.

[9] Algo también puesto de manifiesto por Hardaker (2010) en su estudio sobre el concepto de ‘trol’ en la comunicación mediada por ordenador y la intervención de este tipo de usuarios en Usenet, al publicar mensajes provocadores con el fin de generar una respuesta emocional en otros internautas, dando lugar a distintas manifestaciones de descortesía, e incluso de violencia verbal. Un enfoque similar tiene el trabajo de Lange (2014) acerca de los comentarios publicados en Youtube.  

[10] Según Zimmermann (2005, p. 265), “la categoría anticortesía significa que los participantes (en este caso los jóvenes) tienen –igual que otros miembros de la sociedad– la pretensión de ser miembros respetados, especialmente por los integrantes de su grupo. Sin embargo, este estatus no se adquiere por los procedimientos del mundo adulto, sino al contrario por la violación de estas normas y reglas. Se trata entonces de un evento de colaboración mutua para crear este universo antinormativo. La anticortesía es una de las estrategias”.

[11] Por ejemplo, la presencia de la ironía o el humor verbal (Reyes, Rosso y Buscaldi, 2012).

[12] Esta teoría, propuesta en 1930 por el escritor húngaro Frigyes Karinthy en un relato denominado “Chains” y difundida por el sociólogo Watts, sostiene que todos los seres humanos estamos conectados a cualquier otra persona del planeta a través de una cadena de conocidos que no contiene más de cinco elementos intermedios, es decir, entre ambas personas median solo “seis grados de separación”.

 

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Ana Mancera Rueda es profesora de la Universidad de Sevilla. Doctora en Filología Hispánica y Licenciada en Periodismo. Sus principales líneas de investigación actualmente son la sintaxis descriptiva del español, la narrativa, relaciones entre oralidad y escritura, y el lenguaje de los medios de comunicación. Es autora de los libros ‘Oralización’ de la Prensa Española: la Columna Periodística (2009) y Una Aproximación al Estudio de los Marcadores Discursivos en Textos Periodísticos Españoles (2009). Pertenece al grupo de investigación El español hablado en Andalucía. Ha publicado gran cantidad de capítulos y artículos en revistas científicas.

Ana Mancera Rueda lectures at the University of Sevilla. She holds a PhD in Spanish Linguistics and a graduate degree in Journalism. Her current main research lines are descriptive Spanish syntax, narrative studies, the relations between orality and literacy, and media language. She is the author of the books ‘Oralización’ de la Prensa Española: la Columna Periodística (2009) and Una Aproximación al Estudio de los Marcadores Discursivos en Textos Periodísticos Españoles (2009). She is a member of the research group The Spoken Spanish of Andalucía. She has published many book chapters and papers in scientific journals.

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TEP | Textos en Proceso | ISSN 2001-967X | oa.edice.org | tep@edice.org

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